Preguntate algo, eh…

Estándar

En estos dias me estoy preguntando 

¿cuánto tiempo más tengo que estar a dieta?

¿porque deberian molestarme mi panza, mis caderas? 

¿no es hora ya de que acepte mi cuerpo, lo disfrute tal cual esta?

A veces siento que soy como un hamster arriba de la ruedita, que le da y le da y le da a la dieta buscando llegar a un peso ideal

¿este, el que tengo, no es mi peso ideal?

hoy, a modo de rebeldia -y despues de haber comido ayer a la noche pizza con tinto- me puse un pantalón negro, ajustado que no deja nada a la imaginación, con una remera de morley que me llega a la cintura y no tapa mi enorme culito. EL que quiera ver, que vea. SOY HERMOSA.

 

Preguntate algo, eh…

Estándar

En estos dias me estoy preguntando 

¿cuánto tiempo más tengo que estar a dieta?

¿porque deberian molestarme mi panza, mis caderas? 

¿no es hora ya de que acepte mi cuerpo, lo disfrute tal cual esta?

A veces siento que soy como un hamster arriba de la ruedita, que le da y le da y le da a la dieta buscando llegar a un peso ideal

¿este, el que tengo, no es mi peso ideal?

hoy, a modo de rebeldia -y despues de haber comido ayer a la noche pizza con tinto- me puse un pantalón negro, ajustado que no deja nada a la imaginación, con una remera de morley que me llega a la cintura y no tapa mi enorme culito. EL que quiera ver, que vea. SOY HERMOSA.

 

Vicio

Estándar

Compre una balanza digital. Quieron que sepan que es un vicio. Que cada tres o cuatro horas me subo para comprobar como se modifican los gramos. Que cada vez que paso por la puerta del baño ella está ahí, recordándome que tengo que bajar de peso. En una hermosa, plateada, brillante y fría balanza.  Hermosa y cruel. Me encantaria que sea mentirosa también.  

Todo sobre su madre

Estándar

El 2011 fue un año movidísimo en mi vida. ¿Qué digo movidísimo? Fue un Tsunami, fue el samba del Italpark -parada en el medio, escuchando locomía-. Uno de los muchos cambios es tener la fortuna de abrir junto a una amiga un local de ropa. Este ambiente nuevo y desconocido para mi fue un reencontrarme con la gente y sus historias, contrarrestando de un sopapo tantos años de trabajo solitario haciendo producción de programas, sentada horas frente a una computadora, o frente a una cabina de operador de radio. El constante roce con las mujeres que pasan por el negocio en busca de ropa y alguien que las escuche, me emociona tanto como lograr sacar un ministro en la primera mañana de la radio. Ni les cuento lo que siento cuando por el barrio me cruzo a una de esas mujeres luciendo algo de “lo nuestro”. Hay una relación de complicidad muy particular que se establece entre nosotras. Una de mis clientas –esas que entran y me dan un beso y saben el nombre de Bebunis-trajo el otro día a su hija, una de las responsables de los gastos de su tarjeta porque esta señora se encarga religiosamente de comprarle ropa a sus dos hijas. De estas mujeres se casi todo: una de 30 y pico es medio hippie y rebelde “y no le interesa vestirse bien” y es, justamente, la que siempre cambió los regalos que le llevaba su madre. La otra tiene problemas ginecológicos y ronda los 40, también sé que tiene problemas de peso ya que su mamá me pide “talles grandes para la mayor”. El otro día vino. No vino sola, sino que la acompañó su mamá, mi clienta. ¡Dios mio! De mi mamá tengo muchos reproches pendientes, reclamos propios de una hija que al crecer se da cuenta que la mujer que nos ama profundamente, que nos da a conocer el mundo bajo una sensación de seguridad y comodidad, que nos preserva de todo y usa unos tacos impresionantes, que es lo más cercano a la mujer maravilla de la casa; también se equivoca, también tiene miedos, también lucha contra sus prejuicios y debilidades. Nada que el amor que me dio y que me da no perdone, no olvide. Pero esta mamá que estaba en mi negocio, metida en el probador con su hija de 40 años, retándola a viva voz como si fuera una mocosa por los kilos de más era una imagen dantesca. Qué vergüenza y qué pena me daba esa mujer-hija transpirando, haciendo inútiles intentos por que le abroche una blusa sólo para que esa señora (que tiene, vale decirlo, un sobrepeso importante) se calle la boca. Yo también me apuraba por pasarle -en una cruzada solidaria- los talles más holgados, los cortes más princesas de las prendas. Deseaba que esa sesión de torturas terminara o que esa mujer-hija se rebelara y la mandara al carajo. Eso no pasó. Solo atinó a recordarle que ella, la mujer –madre también tenía que hacer dieta, a lo que mi clienta, velozmente, replicó que “cuando yo tenía tu edad tenía otro físico, mirá las fotos de tus 15”. Ese golpe la mando a la lona, al igual que a mi, y ya silenciosamente nosotras, las mujeres-hijas, aceptamos que en la maternidad hay algo de tiranía, al igual que en los talles de ropa.

Una familia muy normal

Estándar

una japonesa con ritmo, un señor mayor preocupado y vociferando en medio de la calle por su tarjeta “Sube”, una rubia -tipo Susana Gimenez- que abandona el salón para ir a buscar un kineseologo para su suegro, una hippie mocosa en alpargatas (si, alpargatas). Esa fue mi clase de ayer en el gimnasio. ¡Ah! apenas empezamos la profesora me preguntó qué problema de salud tenía (WTF).